jueves, 3 de septiembre de 2015

Días

Henri Cartier-Bresson
Hay días. 

Hay días buenos y días malos. 

Días pasables, días de transición y días que pasan sin pena ni gloria.

Días que olvidarás más pronto que tarde porque no son dignos ni de recordar ni de mencionar.

Días grises envueltos por la neblina invernal, de estar en casa mirando todo el santo día por la ventana mientras tus piernas se queman al calor del radiador. 

Días resplancedientes, llenos de luz, fuerza y esperanza.

Días que las nubes escriben desde el cielo la palabra pereza y tú les haces caso. 

Días en blanco, días no vividos, días muertos, días en coma, días en stand-by a la espera de ese algo que nunca termina por llegar ni de manifestarse a travás de una pequeña señal; de ese algo que te llene de algo, que inunde el desierto de la rutina constante increscendo y opresiva.

Días de mierda, sin más. 

Días de mierda encadenados. 

Días de mierda en bucle cuál día de la marmota. 

Días de mierda en los que no eres capaz de deshacerte del ovillo que formas con tu cuerpo, abandonado en esa cama que desde hace días es lo más parecido a estar a salvo como cuando te resguardas bajo un árbol ante la intempestiva lluvia, te mojas igual, pero estás resguardado. 

Días de mierda que ya empiezan a prolongarse demasiado en el tiempo. 

Días así. 

Días como el de hoy. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

círculos viciosos


 
Los cículos viciosos son como laberintos sin salida, ruedas de hámster que no paran de girar.
Escondites emocionales de torturas sentimentales.
Como cuando no sales de casa porque no encuentras la maldita llave para  regresar y la buscas y la buscas por un lado y por el otro, por aqui y por allí, y vuelves al lugar donde buscaste por primera vez y vuelves a entrar en el círculo.
El bucle sin fin.
Mismo recorrido y mismo resultado: la llave no aparece.
Y el círculo cada vez tiene más hambre y te pide más; el tiempo que tu pierdes en buscar la llave es solo su aperitivo.
Y vuelves a empezar una y otra vez.
No avanzas ni retrocedes, sigues girando como un molinillo que se deja acariciar por la brisa.
Ese querer y no poder, ese poder y no querer.

Entonces, ¿qué?
¿sales o qué?

martes, 4 de agosto de 2015

Amores de verano



Los cuerpos de los que salían de bailar se dirigían desprovistos de cordura y rebosantes de vitalidad hacia el abismo envuelto por la canícula madrileña.

Perdidos en una cuidad acogedora y caótica en busca de un sentido, un revulsivo que aderezca la insípida existencia a base de alcohol, selfies y sustancias psicotropicolándicas, que les evadan de la cruenta y asfixiante realidad.

La lucha entre la desidia y el deseo, el deber y el disfrute, la rutina y la improvisación.

Risas amontonadas, risas nerviosas, risas fingidas, y las primeras risas cómplices.

Abrazos sin contraprestaciones, besos con dobles sentidos y vacua palabrería aprehendida.

El deslumbre de las farolas revela imperfecciones y sombras imperceptibles hasta hacía diez minutos.
Todo se empequeñece hasta lo más burdo, no hay sombra que nos oculte ni juventud pervertida por ese fogonazo.

La realidad nos escupe, unos vuelven a su ser no sin cierto disimulo, mientras otros echan mano de sus artimañas de improvisación tan manidas, tan vulgares, tan poco efectivas...

Como en el cuento, al llegar el amanecer todo se evapora, todo se desmorona de vuelta a casa.

El día se lleva noches memorables y noches para el olvido, noches irrepetibles, noches zafias, noches de vino y rosas, noches al fin y al cabo.

Noches que desaparecen como el otoño cuando llega y se lleva consigo los ansiados, venerados y necesarios, amores de verano.