martes, 9 de junio de 2015

NUMERUS APERTUS

Vivimos tiempos convulsos e inciertos. No he descubierto nada nuevo, lo sé. Esta nuestra era, es la más avanzada con respecto a las anteriores que conocemos; antes ninguna otra civilización había logrado los avances tecnológicos, industriales o médicos que hoy conocemos y disfrutamos. 
Pero todas estas mejoras son insuficientes y no nos sirven para encontrar el sentido de la vida posmoderna que nos ha tocado vivir, y por eso nos introducimos en espirales, en muchos casos autodestructivas, inducidos y amparados por una sociedad despiadada cada vez más inhumanizada y mercantilizada de la que todos irremediablemente formamos parte.


Todo tiene un precio -hago un inciso para contradecirme a mí misma, y añadir que paradógicamente, al contrario de lo que los señores publicistas quieren hacernos creer, es a través de todo lo que no se compra dónde mayores cotas de felicidad y placer alcazaremos -que hay que pagar por formar parte de esta sociedad esclava de modas absurdas con consecuencias desastrosas.




He aquí una pequeña muestra de patologías digitales que bien podría clasificarse de numerus apertus, en continua transformación y expansión en consonancia con la rapidez con la que aparecen.


-Nomofobia: ¿sufres ansiedad cuando sales sin el móvil? entonces padeces de nomofobia (no mobile- phone phobia). Los niveles de ansiedad de las personas que lo sufren se disparan al verse desprovistos de sus tan preciados artilugios digitales por la sensación de estar "aislados" de las posibles llamadas o mensajes de familiares y amigos. Un simple olvido o pérdida que puede provocar miedo y angustia.


-Fomo: es el miedo a perderse algo (Fear of Missing Out). Es un deseo y necesidad constante de permanecer conectados con todo lo que hacen los demás todo el tiempo y perdernos lo que tenemos enfrente. Ir a un concierto y no disfrutarlo porque estás más pendiente de hacerte un selfie y de tener 3G para subir la foto a tus redes sociales, o esquivar un flechazo en plena caller por ir leyendo tu timeline.

Suele combinarse con la nomofobia.

Algunos de sus síntomas van desde la búsqueda constante de wifi, comprobar constantemente el nivel de porcentaje de la batería así como ir provistos de baterías de recambio o buscar un enchufe donde poder recargarlas, además de tener el móvil siempre a mano para poder consultarlo en cualquier momento.

Aquí tienes un test para comprobar u nivel de fomo.


-Phubbing: El “phubbing” (término formado a partir de las palabras inglesas phone y snubbing- teléfono y despreciar-) consiste en ignorar a quien tenemos enfrente centrando nuestra atención en nuestro smartphone y actualizar el perfil de facebook, fotografiar la comida del plato para compartirla en instagram, jugar una partida al candy crush o contestar mensajes de whatsapp.

Para evitar estas situaciones, tan molestas como cotidianas, ha surgido todo un movimiento anti-phubbing que ofrece alternativas como por ejemplo ir a comer a un resturante y que todos los comensales dejen sus queridos smartphones sobre la misma y el primero que coja el suyo será el encargado de pagar la cuenta…




-Vibranxiety: Vas por la calle y escuchas el silbidito de haber recibido un nuevo mensaje, revisas tu smartphone y resulta que no, que no has recibido nada; o has notado que el móvil vibraba y luego has comprobado que no lo hacía... entonces sufres de vibranxiety u obsesión o por el sonido o vibración del móvil.


-Whatsappitis: Consiste en un uso abusivo de tan famosa aplicación hasta el extremo de provocar dolor en falanges y muñecas o tensión ocular.


- Adicción a las redes sociales: sensación de vacío que nos provoca no saber lo que ocurre en nuestras redes sociales durante periodos de tiempo en los que no estamos on line.


-Transtorno de identidad disociativo: Es la dificultad de distinguir entre lo que ocurre en la vida real y en la vida virtual causando una profunda confusión en las personas que lo sufren.


Creo que sufro todas y cada una de estas patologías, me automedicaré como viene siendo habitual, con una pastillita de estas:





viernes, 5 de junio de 2015

Llamemos a las cosas por su nombre

Estoy bastante asqueada de todo en general y de determinadados palabros en particular.

Es irritante tener que escuchar una sandez tras otra con la finalidad única de ser "políticamente correcto". Si esto lo trasladamos a una conversación iría acompañada de una inflexión de las falanges de los dedos anular y corazón de ambas manos con la gracieta de entre comillas a la hora de decir políticamente correcto. Es una ocurrencia ridícula y fuera de lugar que te definirá de la misma manera que si vas leyendo de tapadillo cincuentas sombras de grey en el metro.

-no, no estoy bailando "los pajaritos"
 
Aún estoy esperando a que alguien tome la inicativa de hacer lo propio con las cursivas, pobrecillas, siempre tan olvidadas y menospreciadas, ellas no se lo merece...

A lo que iba, nuestro lenguaje castellano está plagado de palabras biensonantes para no herir sensibilidades ajenas porque somos muy delicados y no podemos ir por ahí escuchando cosas feas que luego nos crean un trauma crónico y difícil de superar.

Y diréis: ¿esto a qué viene?

Reproduzco a continuación una conversación cotidiana, inocente y reveladora entre dos amigas un día cualquiera de un mediodía cualquiera de un soleado y caluroso mes de junio en una ciudad cualquiera como Madrid:

- Por cierto, el otro día me crucé con tu vecino
 - ¿cuál de ellos?
- si mujer, el rellenito del cuarto,
- ¿rellenito de qué? ¿de cacao como el bollycao?
- Anda, que...
- El gordo, ¿no?
- ¿Gordo? hala, tía no te pases, bueno, un poco llenito si que está.
- Otra vez, llenito de ¿qué?
- Bueno, ya sabes quién es.
- Cómo no voy a saberlo, es el tonelete del edificio...
 - Joder tía, cómo os pasáis, ¿por qué vais insultando a la gente porque sí?
- Oye, que no he insustado a nadie, sólo llamo a las cosas por su nombre: un gordo es un gordo, de la misma manera que una enano no es una persona bajita, ni un viejo es una persona mayor ni un negro es una persona de color, porque entonces, ¿de qué color es? 
- Bueno, en parte tienes razón, pero eres un poco brusca, puedes hablar sin ser tan directa.
- Directa ¿por qué? porque llamo a las cosas por su nombre pues mira, sí. Prefiero ser directa y decir, ¡joder qué mierda de crisis!, estoy parada y prefiero suicidarme antes que terminar siendo una pobre vendedora de seguros engañando a los viejos a decir ¡jopelines qué porquería de desaceleración económica! estoy desempleada y prefiero sufrir una muerte voluntaria antes que ser una comercial de seguros poniéndo mis servicios a disposición de los señores mayores. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Diario de un ídolo de masas [1]:

Un blanco y negro, por favor. 

una ficción sobre los estragos de la comunicación 3.0

 


-Hola, ¿eres real?

Este es  uno de los más de una veintena de mensajes directos que recibo cada hora vía Twitter. No exagero si digo más de una veintena, pero el recuento es aproximado, incluso es posible que sean más.

Por lo general no suelo contestar a ningún mensaje, sería una labor que me robaría más tiempo del que dedico a otros menesteres. Por eso suelo mandar mensajes de agradecimiento por el apoyo recibido en general a todos a quienes siguen mis andanzas en Twitter: mis queridos followers.

Mi relación con las redes sociales es de odio- amor, que no amor-odio.

Quiero decir que las odio pero las amo secretamente, si fuera amor odio implicaría un amor de cara a la galería y un odio secreto; pero la poca sabiduría que he podido adquirir a lo largo y ancho de mis recién cumplidos veintisiete años, me ha llevado a la conclusión de lo poco útil e innecesario que es vivir con odio. Sólo viven con odio los odiosos, y yo soy incapaz de odiar nada ni nadie. El odio termina malgastando e intoxicándote; conviertiéndote en uno de esos vampiros emocionales con los que uno se topa cada día. Esos que disfrutan con los fracasos y miserias de los demás, esperándote en cada esquina para ponerte la zancadilla y mirar en dirección contraria con cara de pío, pío que yo no he sido.

Y yo a las redes sociales sólo las odio lo justo, sólo un poquito, pero enseguida se me pasa.

Pero una de las cosas que menos me gustan es el anonimato

El anonimato está genial para que cualquier persona en cualquier momento por el motivo que sea pueda reinventarse y crear un alter ego a su medida, ese hacerse a sí mismo, tan necesario para huir de la mediocridad del mundo que nos rodea; un tema apasionate al que ya dedicare el tiempo que se merece a explayarme.

Lo que decía, un buen uso del anonimato es genial, pero sin hacer un uso y abuso traspasando ciertos límites que rozan el mal gusto dejando al descubierto la decadencia humana cayendo por una pendiente.

Por eso cuando recibo un mensaje como el que encabeza este escrito desearía estar sentado con esa persona en una terraza tomando un blanco y negro discutiendo de lo divino y de lo humano y de todas aquellas cosas que no pueden comprimirse en 140 caracteres.

¿Imaginad por un momento que sólo pudiésemos comunicarnos de forma oral con no más de 140 caracteres?  

Agotador, ¿verdad?

Así es cómo me siento cada vez que tengo que contestar un tuit.